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Quilín – ADN (2016)

Crítica  I   Por: Martín Poblete  I     

Con la publicación de su disco “ADN”, la histórica banda de jazz rock Quilín irrumpe y sorprende doblemente a la escena: por una parte, su debut discográfico tras más de 35 años de historia marca su regreso oficial como banda tras una serie de reuniones esporádicas, y por la otra, su reinvención musical los muestra en total vigencia.

Historias como la de Quilín no se ven todos los días en el mundo de la música: una banda legendaria del circuito underground santiaguino, pionera del jazz rock en Chile durante la década de los ’80, respetada por todos y considerada de culto aun varios años después de su separación, a pesar de que jamás grabó un solo disco.

Ya en los albores de los años ’80, Quilín destacaba entre sus contemporáneos por desligarse de la vocación latinoamericanista que caracterizaba a otros artistas de la escena del jazz fusión y el rock progresivo. Mientras bandas como Congreso y Santiago del Nuevo Extremo se esmeraban en crear mixturas con identidad sudamericana, los (entonces) jóvenes integrantes de Quilín se ocupaban de seguir sus propias inquietudes musicales, sin desligarse por completo de las corrientes de la época, pero sin casarse con ninguna en específico.

Así, quienes conocieron a Quilín en sus inicios la recuerdan como una banda muy influenciada por el “período eléctrico” de Miles Davis, y profundamente impregnada además de pretensiones artísticas e intelectuales importadas de Europa.

Si bien es cierto que durante tantos años las expectativas en torno a un disco debut podrían haber crecido hasta volverse inalcanzables, Quilín ha sabido reinventarse en torno al objetivo de hacer buena música, sin mostrar jamás un ápice de repetición o decadencia. Esta no es una banda que se haya puesto a hibernar durante treinta años para despertar en total desconocimiento del acontecer musical chileno e internacional, obligada a revivir sus viejas glorias.

Por eso es que, antes que cualquier otra reacción, el disco ADN provoca sorpresa. Las expectativas en torno a esta nueva placa discográfica estuvieron siempre sesgadas por el sonido del Quilín ochentero, presente en bootlegs y en la memoria de sus más antiguos seguidores. Pero lo que nos encontramos al escuchar esta producción es una banda inquieta y preocupada de avanzar, de no empantanarse en el pasado, ocupada de hacer buena música más que de honrar su propia historia.

En concordancia con la faceta más rockera del género, en ADN vemos a Quilín centrándose en el groove y la expresividad melódica, dejando de lado el abuso de métricas elaboradas y el uso desmedido de recursos armónicos y técnicos. Es un trabajo frontal, poco pretencioso, pero muy bien hecho, que deja la sensación de una banda que toca con soltura y buen gusto, a sabiendas de que no tiene nada que andar demostrando a estas alturas del partido.

La propuesta musical de Quilín está lejos de ser jazz de “pechos fríos”. Si hay algo que estos cinco músicos derrochan, además de talento y versatilidad, es pasión y violencia. Esa violencia bien utilizada, que calienta la sangre y hace mover los pies al son de la música, abunda en este álbum, gracias al evidente reencanto con el componente “negro” del jazz. La expresividad del blues y la riqueza rítmica del swing afloran a cada momento, dotando de energía a una banda de veteranos que, para ser sinceros, en ningún momento denota siquiera una pizca de cansancio.

ADN es la pista que da inicio al álbum. Tras su head alegre y saltarín el tema se desarrolla en un mood más oscuro, en el que el trabajo del saxofonista Juan Carlos Neumann presenta lo que será una constante a lo largo de todo el álbum: melodías inteligentes y bien pensadas que pasan de la suavidad baladística a la estridencia máxima sin aparentar esfuerzo.

El notable desempeño de Neumann en el saxo no sería lo que es, sin embargo, de no ser por el cuidado trabajo de ensamble realizado junto a la dupla guitarrística compuesta por Alejandro Escobar y Roberto Hirsch. El uso de unísonos en la línea melódica de Parque Chino, por ejemplo, no solo destaca por la perfecta sincronización entre músicos, sino también por el buen uso de efectos para obtener el mejor sonido posible. El uso de distorsión, chorus y delays permite a las guitarras llenar espacios y hacer que cada instrumento sea el complemento perfecto de los demás, reforzando de paso la sonoridad de jazz rock. El sonido clásico, ese que nos recuerda a las viejas guitarras de caja (aunque posiblemente sea una Les Paul bien seteada) contrasta con el timbre filoso de una Stratocaster que, sin llegar a ser shred, pareciera querer serlo. La frontera hacia el rock progresivo a veces resulta difusa: no nos olvidemos de eso.

Si de baladas se trata, este álbum no nos ofrece solo una, ni dos, sino tres. Bajan las revoluciones con la bella Simón, la oscura y dolorosa Lamento y la felicidad onírica de El Jardín. Sería de esperarse que la sección rítmica cobrara un rol menos protagónico en estas piezas, cubriendo funciones más bien discretas, enfocadas básicamente en “hacer la base” para que la sección de instrumentos solistas se luzca. Pero no es así: lejos de actuar de forma pasiva, la labor de Isidro Alfaro en el bajo y Jaime Labarca es siempre dinámica. Mientras Alfaro coloca la nota precisa en cada instante, haciendo gala de su amplio abanico de slaps, armónicos y de chord melody, Labarca va guiando el curso de cada tema, proponiendo todo el tiempo y adelantándose a la jugada en función de su natural cauce. Ningún corte, ningún quiebre suena forzado. Todo fluye de forma expedita a lo largo de este álbum.

Esta sensación de espontaneidad alcanza su cumbre con las piezas Tierra y Califa. Ambas piezas, quizá las dos mejores obras del disco, destacan por presentar un desarrollo cautivador y emocionante. Es esa capacidad de “contar una historia” mediante la música la que nos mantiene al borde de la silla a la espera de ver qué rumbo va a tomar la canción en el próximo compás. Cada solo, cada segmento, va creciendo con fluidez en potencia y emotividad hasta llegar a su clímax y resolución. La expresión a través de la música, esa que provoca sensaciones difíciles de describir en palabras, alcanza su máximo esplendor en estas dos piezas.

Alto de Vilches conjuga lo mejor del jazz fusión con el sonido más clásico de los años ’40 y ’50. La dualidad que lleva el tema, coqueteando con sonoridades que se mueven entre el flamenco y el blues, mediante la inteligente intercalación de corcheas normales y corcheas swing, mantiene una constante inestabilidad que desconcierta y divierte al auditor. Un tema impredecible e interesante, pero por sobre todo muy divertido.

Las influencias latinas, si bien no componen de forma expresa el imaginario musical de Quilín, se hacen presentes tarde o temprano. Sonoridades de samba, rumba y bossa nova coquetean con intrincadas armonías en los temas Foz y Urabamba. En este último, Juan Carlos Neumann deja el saxofón de lado para lucir sus dotes de flautista. La sección rítmica se luce, mientras Escobar y Hirsch se compenetran para construir ricas armonías sobre las que el bajo de Alfaro se desplaza, abandonando el rol rítmico y comenzando a intervenir en labores melódicas. Mientras todo esto pasa, Labarca llena todo gracias a la adición de huevitos y güiros a su kit de percusión.

Fueron más de 35 años de espera, pero vaya que valieron la pena. No importa que no se hayan ganado el Pulsar al mejor disco de fusión. El más grande de los premios es tenerlos de vuelta y tocando mejor que nunca.